El arquitecto de catedrales vacías
La oficina de Don Ramón olía a café colado, aire acondicionado viejo y esa humedad particular del trópico que se cuela por las ventanas aunque estén cerradas. En una esquina, un abanico de pedestal giraba con la resignación de quien sabe que su esfuerzo es inútil pero lo hace de todas formas.
El consultor —un tipo joven, de esos que dicen “en mi experiencia” aunque apenas tengan treinta años— desplegaba su laptop como quien desenvaina una espada. En la pantalla, un diagrama que parecía el mapa del metro de Tokio cruzado con el sistema nervioso de un extraterrestre.
—Lo que ustedes necesitan —decía, señalando con un puntero láser que nadie había pedido— es una arquitectura de microservicios orquestada con Kubernetes. Cada dominio de negocio encapsulado en su propio contenedor, comunicándose a través de un event bus con Apache Kafka. Aquí tenemos el API Gateway, acá el service mesh con Istio, y por supuesto, todo desplegado en múltiples zonas de disponibilidad para garantizar el five nines de uptime.
Don Ramón, fundador de Distribuidora El Progreso —cuarenta años vendiendo repuestos de electrodomésticos en Santo Domingo—, miraba el diagrama con la misma expresión que pondría un pescador de Samaná si le explicaran la física cuántica.
—Ajá —dijo, sin soltar su vasito de café. Ese “ajá” caribeño que puede significar cualquier cosa, desde “fascinante” hasta ”¿y este loco de dónde salió?”.
—La belleza del sistema —continuó el consultor, que claramente había confundido silencio con interés— es que escala horizontalmente. Si mañana tienen un pico de demanda, el cluster auto-escala los pods y…
—Oye, perdona que te interrumpa —dijo Don Ramón, levantando una mano—. ¿Tú sabes cuántos clientes tenemos?
El consultor parpadeó. —Bueno, la arquitectura está diseñada para soportar millones de…
—Doscientos cuarenta y tres. —Don Ramón tomó un sorbo de café—. Doscientos cuarenta y tres clientes. Los mismos desde hace quince años, más o menos. A veces se muere uno y entra un sobrino, pero el número no cambia mucho.
Se hizo un silencio. El abanico seguía girando.
—Pero es que con esta infraestructura —intentó el consultor— estarían preparados para el crecimiento exponencial…
—Mira —lo interrumpió Don Ramón, reclinándose en su silla de cuero agrietado, de esas que cuentan historias—, hace tres años vino otro muchacho como tú. Muy preparado también, con su maestría de afuera y todo. Me habló de “transformación digital”, de “disrupción”, de que si no modernizábamos íbamos a desaparecer como los dinosaurios.
El consultor asintió, viendo una apertura. —Exactamente, la transformación digital es…
—Déjame terminar. —Don Ramón señaló hacia una puerta al fondo del pasillo—. Le dimos chance. Seis meses después teníamos tres servidores, dos bases de datos que no se hablaban entre ellas, una factura de Amazon Web Services que parecía el presupuesto nacional, y el sistema se caía cada vez que llovía fuerte. Que aquí, por si no lo sabes, es bastante seguido.
Don Ramón hizo una pausa y miró hacia el techo, como recordando un mal sueño.
—¿Y saben qué fue lo peor? Que mientras los técnicos arreglaban el “microservicio de inventario” que no se comunicaba con el “microservicio de facturación”, Mercedes —mi secretaria de toda la vida— tenía que llamar a los clientes por teléfono para confirmar los pedidos. Como en 1985.
El consultor abrió la boca, pero Don Ramón ya estaba abriendo el cajón de su escritorio.
—Hasta que llegó Willy.
Extrajo una tarjeta de presentación sencilla, sin logos corporativos ni títulos rimbombantes. Solo decía: “Willy Guzmán - Desarrollo de Software”, un número de teléfono y, en letra más pequeña: “Si funciona, no lo toques. Si no funciona, llámame.”
—Willy es de aquí, del barrio. Estudió en la UASD, trabajó un tiempo afuera, pero volvió. Me lo recomendó mi sobrino, que tiene una ferretería en Santiago.
El consultor tomó la tarjeta con cierta condescendencia.
—Llegó, miró todo el desastre que teníamos, y lo primero que dijo fue: “Don Ramón, ¿usted qué necesita exactamente?”. —Hizo una pausa—. Nadie me había preguntado eso antes. Todos llegaban diciéndome lo que yo necesitaba.
Don Ramón señaló la computadora en su escritorio, una Dell que había visto mejores días.
—Le expliqué: necesito saber qué tengo en inventario, facturar sin dolor de cabeza, y que mis clientes puedan ver su estado de cuenta sin llamarme a las siete de la mañana. Nada más.
—Pero eso es muy básico —dijo el consultor—. Cualquier sistema legacy puede…
—Willy se fue y volvió en dos semanas. Con esto.
Don Ramón giró su monitor. En la pantalla había una aplicación web. Simple. Clara. Un menú a la izquierda, los datos a la derecha. Nada de dashboards con treinta gráficos. Nada de animaciones. Solo la información que importaba.
—Una aplicación. Una sola. Una base de datos. Corre en un servidor que tenemos aquí mismo, en el cuarto del fondo, al lado del inversor por si se va la luz. —Don Ramón sonrió—. Y mira, funciona. Llueva, truene o haya apagón, funciona. Llevamos dos años sin una caída.
El consultor miraba la pantalla como un chef italiano miraría un plato de mangú con salami.
—Pero esto no escala. Si mañana tienen diez mil clientes…
—Mira, muchacho —Don Ramón dejó su vasito de café en el escritorio—, yo tengo sesenta y siete años. He sobrevivido tres gobiernos, dos devaluaciones, un huracán categoría cinco y la pandemia. ¿Tú crees que voy a perder el sueño pensando en qué pasa si mañana tengo diez mil clientes?
Se levantó y caminó hacia la ventana. Afuera, el tráfico de Santo Domingo tocaba su sinfonía habitual de bocinas y motores.
—El problema de ustedes, los tecnológicos, es que construyen catedrales para pueblos que necesitan capillas. Llegan con sus planos de Notre Dame cuando lo que hace falta es un techito donde la gente se pueda resguardar de la lluvia. —Se volteó—. Y lo peor es que después, cuando la catedral se derrumba porque nadie sabía mantenerla, se van a otro pueblo a vender la misma idea.
El consultor cerró su laptop lentamente.
—Con todo respeto, Don Ramón, pero el mercado global exige…
—El mercado global. —Don Ramón volvió a sentarse—. Déjame contarte del mercado global. Mi competencia no es Amazon ni Mercado Libre. Mi competencia es el señor de la esquina que vende las mismas piezas, pero fía. El diferencial aquí no es tener el sistema más moderno. Es que cuando doña Carmen llama porque su nevera no enfría, yo sé que es la nevera que le vendimos hace ocho años, sé que vive en Los Mina, y sé que su hijo es el que siempre viene a buscar las piezas porque ella no maneja.
Hizo una pausa.
—Eso no lo resuelve tu Kubernetes.
El consultor guardó sus cosas en silencio. Antes de irse, hizo un último intento:
—Al menos considere una migración a la nube. Los beneficios de…
—¿La nube? —Don Ramón rio, con esa risa caribeña que suena más a filosofía que a burla—. Muchacho, yo he visto cómo aquí la gente pierde todo cuando el banco se congela o cuando el internet se cae tres días seguido. Mis datos están en ese cuarto, donde los puedo ver y tocar. Si hay un problema, Willy viene, lo arregla, y me cobra en pesos, no en dólares.
El consultor asintió, derrotado.
—Entiendo. Gracias por su tiempo, Don Ramón.
—Gracias a ti, hijo. —Don Ramón lo acompañó a la puerta—. Y mira, no te lo tomes a mal. Lo que vendes seguro funciona en otro sitio. Pero aquí las cosas son diferentes. Aquí la mejor tecnología es la que funciona cuando todo lo demás falla. Y esa, generalmente, es la más sencilla.
Cuando el consultor se fue, Don Ramón volvió a su escritorio. En la pantalla, un mensaje del sistema: “Pedido #4521 confirmado - Cliente: Ferretería Los Hermanos”.
Sonrió, tomó lo que quedaba de su café, y siguió con su día.
Reflexión
Hay una enfermedad silenciosa que afecta a nuestra industria: la adicción a la complejidad. Confundimos sofisticación con valor. Creemos que mientras más capas tenga la arquitectura, más profesional es el trabajo. Y en ese proceso, olvidamos una verdad incómoda: la tecnología existe para resolver problemas, no para crear nuevos.
En Latinoamérica, esta enfermedad tiene un costo particular. Somos regiones donde el internet se cae, donde la luz es un lujo intermitente, donde el presupuesto de IT de una pyme equivale al costo de un café mensual de un startup de Silicon Valley. Importamos soluciones diseñadas para contextos donde todo funciona, y después nos sorprendemos cuando aquí no funcionan.
El verdadero profesional no es el que conoce todas las herramientas, sino el que sabe cuál usar. Un martillo no es mejor que un destornillador; son para cosas diferentes. Un monolito bien diseñado no es inferior a una arquitectura de microservicios; es para contextos diferentes.
La complejidad tiene un costo oculto: cada capa adicional es una capa que puede fallar, una capa que alguien debe entender, una capa que consume recursos. En entornos donde los recursos son escasos —humanos, técnicos, económicos—, la simplicidad no es una concesión. Es una estrategia de supervivencia.
No estoy diciendo que los microservicios sean malos, ni que Kubernetes sea innecesario. Estoy diciendo que son herramientas, no dogmas. Y que aplicarlas sin considerar el contexto es como recetar quimioterapia para un dolor de cabeza: técnicamente impresionante, prácticamente absurdo.
Willy entendió algo fundamental: que su trabajo no era demostrar lo que sabía, sino resolver lo que le pedían. Que la mejor arquitectura es la que el cliente puede mantener cuando tú ya no estés. Que a veces, la verdadera ingeniería está en decir “esto no necesita más”.
Las catedrales son hermosas. Pero se construyen durante generaciones, con recursos casi infinitos, para durar siglos. La mayoría de nosotros no estamos construyendo catedrales. Estamos construyendo herramientas para gente que necesita trabajar mañana.
Y para eso, a veces, basta con un buen techo.
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